Dire Straits, tú me ayudaste a escribirlo, porque te habías dado cuenta de que no me podía concentrar en otra cosa que no fuese tú, en aquel momento, en aquella habitación. Los Dire Straits mientras haces y deshaces el amor, los Dire Straits mientras estábamos la pálida, sus pecas y el que acariciaba a ambas. Resultó estúpido cuando pretendiste esconder tu berrinche adolescente, por muchos veintiún años que decías y repetías tener, y más aún cuando me fijé en las pecas que vivían en la rivera de tus lágrimas, ahí volví a mis fantasías infantiles de mujeres de piel muy blanca y pelo rojizo, que vivían muy lejos y que no llegaban tarde, sino que sólo estaban en retraso. Te tumbaste de lado, y traté de paliar tus nueve meses rodeada de amigos que ya sabías que no iban a ser para siempre, ahogué esas penurias con ése inglés mío que tanta gracia te hace, con mordiscos y algún taragañu, y conseguí hacerte ver que de las siete de la mañana a las once, hay un último y preciado tiempo que aprovechar con cada una de las ondas cobrizas que pueblan tu desordenado ático, donde sabe dios qué cortocircuito provocó que tú fueras a acabar viéndome como alguien merecedor de tus ravioli con tomate y calabacín.
Incapaz de cocinar algo sin dejar la cocina hecha unos zorros, incapaz de decir una sola frase en catalán excepto 'wa yeah', tu acento escocés y la rapidez con la que enlazabas una y otra palabra, mis continuos 'you know i didn't understand you but nobody cares', tu obsesión con los gatos, mi disco de Antònia Font que ahora es tuyo y nuestro eterno agradecimiento a Google, a tus transigentes compañeros de piso y al enorme tapiz tanzano que abrigaba la pared derecha de tu habitación, la pared, el vecino, la persiana y la cama. Que fueran dos, casi tres semanas, no me importa demasiado, me gusta ser intenso en todo aquello que acometo, quizá con demasiado arrojo y poca cabeza. Come with me to Edinburgh.
La madrugada previa a la última vez y tu extraño concepto del orden. Que te vaya bien, Linning.


